Ilustración CoronaBAR
Ilustración de Ángela Ruiz. Colegio Arturo Soria.

Bienvenidos al CoronaBar

en Espacio Creativo/Opinamos

Cristina Gámez. 2º Bachiller. Colegio Arturo Soria.

            En este bar no está restringida la entrada, sino la salida. No es nuevo, pero nunca le había prestado demasiada atención; será porque difiere ligeramente de los demás. Los borrachos pesados y a veces aguafiestas son los vecinos de arriba, que han aprovechado su local para aprender a taconear. O los del 4ºA, que han decidido que era el mejor momento para convertirse en los reyes de las reformas. Las tapas, aunque igual de escasas, son al gusto. La barra se ha convertido en una aplicación de videollamada. Los que la frecuentamos, sin embargo, somos prácticamente los mismos. El bullicio de siempre, lo componen ahora nuestras voces: esas que solo se dejan escuchar en el silencio de la soledad.

            El horario también ha variado, esta vez para bien: jamás un bar cerró tan tarde (o temprano mejor dicho). La verja solo se echa al caer los párpados del comensal. Resulta extraño, el aforo se cuenta con las camas de las que dispone el bar. Ya no cuela eso de entrar a hurtadillas y acampar en cualquier rincón en el que apenas podemos respirar sin molestar. La cerveza sigue fría, la música es buena y no se ha perdido esa sensación de guarida estrecha, aunque ahora resulta algo asfixiante. Conocer a gente se ha complicado, pero para nosotros, que nunca fuimos al bar para ligar, no ha supuesto una gran pérdida. ¡Cosas peores se han visto! La única queja que podría plantear es que a este bar le falta el calor de la humanidad. Ah, y que aquí solo sirven felicidad de garrafón, y cada vez es más difícil lidiar con la resaca que deja un sentimiento tan fraudulento. Esa sensación tan pesada, que todos conocemos como “la mañana siguiente”, es casi constante aquí.

Ilustración de Ana de Santos. Colegio Arturo Soria.

            El servicio también ha sufrido cambios, pero por suerte la nueva camarera es simpática, aunque a ella me cuesta dejarle buenas propinas (una se vuelve exigente cuando se trata de sí misma). Como en cualquier buen bar, no exigen una vestimenta concreta para entrar; creo que estoy abusando de esta medida. Y lo mismo te sirven un buen café que una caña a cualquier hora del día, sin mirarte demasiado mal. No tiene vistas al mar, y su ubicación y ventilación son mejorables, pero está en el barrio y todavía no he tenido que hacer cola para entrar al baño.

            Son tantas las horas que acumulo en mi CoronaBar que estoy segura de poder afirmar sin sorprender a nadie que, si me dan un par de quincenas más, terminaré por sentirme como en casa.

Ilustrado por Ana de Santos y Ángela Ruiz. Colegio Arturo Soria.