Jesús Ayanz
Jesús Ayanz. 80 años, abuelo de 7 nietos y nietas, entre ellos Marco Ayanz.

“Comí mi primera naranja con 16 años”

en Memoria de la Gente Mayor/Personas Extraordinarias/Vida

Marco Ayanz. 4º primaria. Colegio Arturo Soria. Madrid.

Mi abuelito se llama Jesús Ayanz, es muy majo, le gusta ver el fútbol en la tele, montar en la bici estática, hablar y querernos. Ha pasado por muchas cosas y ha sido un luchador a lo largo de los años.

¿Cómo era el lugar dónde naciste?
Nacer, nacer… nací en la maternidad de Pamplona y allí me fui yo al Castillo de Guendulain a vivir hasta el año y medio; luego fui al Minero hasta los 3 ó 4 años. Mis padres vivían en Esquiroz y  yo con mi abuela hasta los 10 años en Andiano, por Guedulain, trabajando para el monte. A los 10 vino mi padre y me llevó a casa. 

En Esquiroz también vivíamos del ganado, teníamos caballos, ovejas…

Me quedé sin padre en el año 1961, yo tenía 21 años, éramos 4 hermanas y yo.

¿Cuándo viste la primera televisión?
Tenía unos 15 años, en Esquiroz tuvimos un bar, que abríamos solo los sábados, que era el día que podía venir la gente del pueblo. Ahorramos y nos compramos una.

¿Antes se comía lo mismo que ahora?
Se comía peor. Se comía mucho tocino, alubias… esto es una tierra de frío. Mi madre me decía que yo de pequeño no comía nada. Cuando hice la primera comunión mi padre decía que me iba a poner perdigones en los bolsillos para que no saliera volando. Pasé la polio (poliomelitis) y una de las secuelas es que no tenía ganas de comer. Pasé mucha fiebre con la polio, y aquí la tengo, para toda la vida. Daba parálisis infantil.

De lo que sí me acuerdo es cuando comí mi primera naranja, tendría unos 16 años. Las naranjas siempre habían pasado por al lado de mi casa, pero se iban para Francia. Un día descarriló un tren en la entrada del pueblo y mi padre nos dijo que cogiéramos una carretilla para cargarlas, nos contó que él una vez había tomado una y que estaban buenísimas. Cuando llegué le pegué una buena mordida, ¡lo que no sabía era que se pelaba! ¡Me comí la cáscara!(risas) ¡Más mala, más amarga!

¿A qué momento de la infancia te gustaría volver?
A los 18 años, porque pudimos salir del pueblo. Fui a Salesianos a estudiar el oficio de tornero, tenía bicicleta, iba a Pamplona… Era el momento en que descubría el mundo. Me llamó mucho la atención la cantidad de gente que había. En mi pueblo éramos solo unos 20 habitantes.

¿A qué época es la que menos te gustaría volver?
A la vejez. Es la peor época, porque también cuando era más joven, en Valencia, fui muy feliz.

¿Por qué fuiste a Valencia?
Tendría unos 32 años. Después de trabajar de tornero en Pamplona durante años, puse con unos cuñados una máquina para hacer pozos, que pude comprar con el dinero de un amigo. Nos establecimos, y a los dos años nos dividimos. Yo me fui fuera de Navarra porque había más trabajo. Estuve muchos años yendo y viniendo.

¿Cuándo conociste a la abuelita?
En la cocina de mi casa. Había una ley de aquella época que durante las horas religiosas había que cerrar los bares. La abuela, no me acuerdo por qué, subió a mi casa con mi madre, y yo la vi ahí. Lo que sí que me acuerdo es de la camisa que llevaba. Me enamoré en seguida. Le pedí para salir, pero me dio calabazas. Toda la tarde estuve en la calle esperándola, como un pavo, pero no apareció. Luego ya empezamos a hablar un poco y al final lo conseguí.

Hay algo que quieras contarme.
Esta no tendría que contarte, pero bueno, ya… Dediqué un tiempo a ganar perras, porque no tenía, de contrabandista, pasábamos medias y medicinas de Francia.

¿Te ha gustado tu vida?
Siempre he estado a gusto con lo que me ha tocado, creo que como en casa había mucho trabajo, luego todo me ha parecido bien. Aún recuerdo cuando era pequeño que me tocaba los sábado limpiar las cuadras, sacaba toda la porquería a un carro, de ahí lo ponía en el campo en un montón, para que se pudriera bien. Así que luego todo lo que me tocó, me pareció bien.