La nave espacial más grande conocida

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Por P. Rodríguez

Desde que tengo uso de razón, siempre he pensado en lo que tengo encima de mi cabeza, y por mucho que siga descubriendo y conociendo acerca de las profundidades que esconde el cielo, siento que cuanto más conocimiento obtengo más sé que menos sé. El sentimiento de soledad y de pequeñez que siento cada vez que miro a las estrellas, así como también la fascinación y curiosidad que me embarga cada vez que miro hacia ese infinito oscuro que son las alturas, me hicieron aficionarme al mundo espacial.

A las estrellas viajamos con cohetes, y es de esta certeza de la cual nació mi trabajo de investigación. Dado que desde siempre el espacio ha sido mi sueño, me vi obligado a entender e investigar cómo los seres humanos podríamos viajar a otros satélites de manera más frecuente. Así pues, puliendo la tesis inicial de mi TR y dándole una forma más estructurada, finalmente decidí que mi trabajo trataría sobre cómo podemos hacer más baratos los viajes espaciales.

Como veis, todo viene de mi fascinación por el universo. Los cohetes me empezaron a gustar por el mero hecho de que pensaba que eran las únicas naves que nos permitían hacer viajes espaciales. Pero, una vez concluido el TR, me di cuenta de que estaba equivocado y de que los cohetes no son la única forma que tiene el ser humano de viajar por el universo, sino que hay una mucho más grande, una que no ha sido diseñada ni ingeniada por nadie, una que no está hecha de cables ni de aleaciones, una que nos dio la vida y que, seguramente, nos la quitará. Y es que la nave espacial más grande jamás creada es la Tierra, nuestra compañera de viaje.

En mi opinión, lo que nos hace grandes es el hecho de ver lo pequeño que somos. Es por eso que no debemos dejar de cuidar nuestra mejor nave espacial, pues ningún cohete nos salvará si esta se pone enferma. Doy gracias a este trabajo por haberme dado la luz suficiente para entender la verdadera magnitud de nuestro planeta.

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