Un relato en RED

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(Introducción por David Nel·lo)

Finalmente llegó el fatídico día, y cuando Umi miró por la ventana, vio el cielo nublado y una lluvia fina que parecía que quisiera hacer aún más penoso ese momento. El padre le había dicho que sólo podía tomar lo que fuera imprescindible, y además, tenía que reservar un poco de espacio dentro de la mochila para llevar la comida. Aquella era la habitación donde había crecido, y que durante unos años había compartido con su hermano, que ya hacía años que se había marchado al extranjero. Aquel era su mundo, que ahora tenía que abandonar y donde probablemente no volvería nunca más.

Metió cuatro piezas de ropa y un par de libros en la mochila. Después, cerró el armario y se guardó la llave en el bolsillo, como si fuera un amuleto que lo pudiera salvar.

Umi caminó hasta la puerta entreabierta de la calle y, sin mirar atrás, la cerró. Su corazón estaba encogido y tan gris como el cielo. Bajó la calle lentamente, sabiendo que podía ser la última vez que pisara esas piedras, que viera aquellas ventanas… Pero no había más remedio que mirar a un futuro sin guerra.

Casi sin darse cuenta, había llegado al puerto. Estaba nervioso y no sabía muy bien qué tenía que hacer. Se metió la mano en el bolsillo y sacó una nota arrugada en la que ponía “LIBERTAD – Escalera A – 16:45 h – Grupo de los aprendices”. ¿Cómo iba a encontrar el grupo de los aprendices? ¿De qué manera se mezclaría con ellos?

Tras unos minutos (que le parecieron horas) buscando, logró ver a lo lejos un pequeño cartel rojo con letras negras que decía: “LIBERTAD”. De pronto, su corazón se sintió un poco más libre. Miró en derredor y no encontraba a su padre…

Su pulso se aceleró hasta sentirlo en la garganta, no podía perder a su padre ahora. Miró el reloj que adornaba su muñeca para comprobar la hora. 16:40. No tenía mucho tiempo, avanzó hasta el cartel en busca de ayuda, con la vaga esperanza de que su padre se encontrase allí. La gente caminaba con prisas arrastrando las bolsas de equipaje. Empezó a marearse entre tanto bullicio. Ni siquiera se percató de que un hombre con un uniforme rojo le estaba hablando. Umi sacó de su bolsillo la nota y se la mostró con las manos temblorosas. Y acto seguido, el hombre le dirigió hacia una escalera. Frenó para buscar a su padre, pero un ancho y bruto alemán le empujó para que continuase andando. Intentó dialogar con él, pero no hablaba su idioma. No tuvo más remedio que rendirse y llegó a una enorme y apestosa sala.

En aquella sala abarrotada de gente, se sentó en la silla marrón y rota que estaba un poco apartada de la gente. Empezó a recordar ese día de otoño en el que todo cambió. Una tarde, Umi se encontraba dibujando el paisaje con su amiga Alaitz, alegremente,  sin percatarse de lo que estaba a punto de suceder. Al cabo de un rato ya tenían los dibujos para la exposición de arte que se presentaba el fin de semana en el centro cívico de su ciudad. Decidieron poner rumbo hacia el bosque donde se encontraba la casa del árbol que él, Alaitz y el resto de sus amigos compartían. Oier, su mejor amigo, vino corriendo con una expresión de horror sobrecogedora y empapado en sudor. Alarmado les dijo que tenían que volver a sus casas cuanto antes debido a que la central nuclear Lemoiz había tenido un fallo interno y se creía que un gas nocivo, quizás, mortal, amenazaba toda la ciudad.

Aquella amenaza se tornó real y de la noche a la mañana murieron miles de personas, entre ellas, su mejor amigo, Oier. Umi intentaba escapar de la muerte por la vía rápida cuando se encontró en una encrucijada. Las decisiones precipitadas se tornan en malas decisiones, pero ya era tarde para lamentarse, ahora tenía que salir de allí. Toda esa gente le estaba mirando fijamente mientras cuchicheaban entre ellos, pero el gorila que le había metido allí le miraba con un odio profundo, inmóvil, a escasos metros pero sin intención de movimiento alguno, pasivo ante su oportunidad. Acto seguido entró por una puerta oculta que estaba en una esquina el hombre de uniforme rojo y afroamericano que sacó una servilleta de uno de sus bolsillos y comenzó a limpiarse. Umi se percató que conforme se limpiaba el tono característico afroamericano se tornaba en un blanco centroeuropeo, se quitó la máscara, fue a un espejo de una pared, se peinó durante unos minutos y se giró hacia Umi. Sin pensarlo dos veces se acercó a ella casi corriendo mientras hablaba aparentemente en una lengua muerta, saco un cuchillo de apariencia ceremonial con inscripciones rúnicas y una cruz cristiana de pequeño tamaño y se lo clavó en el muslo.

Miró fijamente al hombre con uniforme rojo, el cual  portaba una risa macabra la cual llenó a Umi de miedo sumado con el dolor tan profundo que le producía el  cuchillo y el no encontrar a su padre. Finalmente se desmayó.
Umi abrió los ojos y  despertó en una habitación vacía, en la cual solo estaba él atado a  una silla con un alambre. Las paredes eran de color blanco, estaban sucias y tenian  algo escrito en ellas, parecia un lengua muerta satanica.  Umi  entró en pánico, de repente escuchó como
alguien abría la puerta y vio entrar al hombre vestido de rojo y varias personas con capucha, su miedo creció exponencialmente, dejaron allí a una niña y se fueron tal y  como habían venido, en completo silencio. La niña que estaba allí no cesaba en su lloro, Umi intentó tranquilizarla. Cuando dejó de llorar, Umi preocupado por su padre la interrogó sobre todo
lo que estaba ocurriendo en el exterior.

-Hola, soy Umi y ¿tú cómo te llamas?- La niña con gran temor le respondió.
-Hola me llamo Arya, ¿Qué es esto?- Respondió ella con preocupación. Umi, preocupado por todo lo ocurrido, dijo – No sé qué es esto, solo recuerdo  que un hombre extraño me clavó una daga, ¿pero ahora ,dime cómo está la gente del exterior?
-La gente está muriendo, por el gas, por eso los están evacuando en barcos, si no nadie podrá sobrevivir.
Umi estaba por preguntar cómo acabó allí, pero de repente entró alguien desconocido.

Aquella persona se acercó a Umi y le mostró su rostro. Unos ojos verdes lo miraron y lo transportaron a su más tierna infancia, hacía por lo menos diez años que no veía a Tadao. Después de tanto tiempo, su hermano estaba diferente, se había hecho mayor, pero aquellos ojos no habían cambiado tanto. 

—Umi, Umi, ¿eres tú, verdad?—, dos lágrimas rodaron rápidas por el rostro de Tadao, y una punzada de emoción lo llevó a abrazar al chico.

—Sí, soy Umi—. Se dejó llevar por la oleada de cariño que le transmitía el cuerpo de su hermano y también lloró—. ¿Eres Tadao? ¿Es posible?

—Claro que es posible, hermano. No es el mejor momento para encontrarnos, pero posible, ya ves que es—. Tadao se sobrepuso tras el intenso momento. El reencuentro lo alegró tanto que, aunque no podía revelarle la gravedad de la situación y de la decisión que debían tomar, pensó que juntos tendrían más posibilidades de sobrevivir, y que era el momento de las verdades a medias.

Umi profirió un gemido de dolor y Tadao miró horrorizado su herida. Los conocimientos médicos que había adquirido durante su estancia en el extranjero le iban a ser ahora de utilidad. De un tirón se arrancó una de las mangas de la camisa y realizó un torniquete en el muslo de su hermano. La hemorragia se detuvo.

—Tadao, padre venía conmigo y ha desaparecido entre la multitud. Deberíamos encontrarlo —dijo Umi con voz trémula.

En ese mismo instante, el pataleo de la niña, que seguía llorando, reveló un sonido hueco bajo el entarimado. Se acercaron y descubrieron una trampilla con una cerradura. No pudieron abrirla. Umi recordó entonces la llave que guardaba en su bolsillo.

—Probemos con esto —propuso. Y ante la sorpresa de todos, la trampilla se abrió.

Se abalanzaron uno detrás de otro al interior de un oscuro habitáculo entre telas que pendían del techo. Umí se detuvo en seco y exclamó estupefacto al reconocer el espacio.

—¡Estamos en mi armario! 

(Continuará…)

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