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Tristana (Versión Siglo XXI)

Por: Daniela Cossi

Todo empezó cuando mi padre murió de cáncer. Sí, lo pase mal; muy mal. Pero lo peor fue ver cómo mi madre enloquecía y se sumía en un oscuro hoyo, del que no conseguía salir y, por poco, me arrastró con ella.

Esos años de mudanzas y de limpieza compulsiva se quedaron marcados en mi memoria cual cicatriz en la piel. Si soy sincera, he de admitir que su muerte fue un alivio, al fin pudo descansar. Y después de todo, durante los últimos años que mi madre vivió, en realidad, ya estaba vacía por dentro. 

    Yo acabé viviendo con aquel hombre, llamado Luis, que tanto había ayudado a mis padres, económica y emocionalmente. Y al principio me hizo ilusión, ya que por aquel entonces le admiraba, pero viviendo con él descubrí la verdad de su ser. 

Había algo en él que me llamaba la atención. Su pensamiento iba a contracorriente de la sociedad y la verdad es que era un personaje distintivo. 

Pero aquella seguridad que sentía a su lado se desvaneció en cuanto empezó a tocarme. Porque él pensaba que me estaba cuidando y que me estaba dando amor y pasión, en todos los sentidos. Sin embargo a mí eso no me causaba ni amor ni cariño ni placer. De hecho, me asqueaba. Ver cómo usaba mi cuerpo y me trataba por esclava. ¡Como si yo estuviera hecha para servirle!

Con el tiempo me acostumbré a aquellos tratos, aunque muchas noches pensaba: Si puede tener y tiene a tantas mujeres a su alcance, ¿por qué yo?

    Tan único era el pensamiento del hombre, que ni se molestó en darme una educación propia, ya que, él mismo me enseñaría todo lo que necesitaba saber de aquel complejo mundo. Y yo no tardé en darme cuenta de que lo que intentaba realmente era moldearme a su medida a base de la ignorancia. 

    La vecina de al lado, Sara, siempre charlaba conmigo en el rellano y aunque jamás le había confesado lo que pasaba dentro de esa casa, ella tenía sus sospechas. Que no sé por qué razón se guardó para ella. 

Muchas veces le contaba mis problemas, ocultos bajo coartadas como compañeros de clase inventados o familiares lejanos. Porque en realidad, ella no sabía que mi custodia había sido concedida a Luis sino que pensaba que era su progenitora y que mi madre había muerto trágicamente en un accidente de coche. Quizá eso influyera en no delatar su recelo hacia el hombre. 

   Pasaron varios años y mientras a Luis le crecían canas y arrugas en la cara, a mí me crecía la curiosidad y el anhelo por explorar y descubrir mundo. El único problema es que él jamás me soltaría. A estas alturas, me había permitido ciertos privilegios, como ir a pasear al parque con Sara, la cual quedaba allí de vez en cuando con su hijo, Sergio. Dábamos de comer a los patos, respirábamos aire puro y nos sentábamos en un banco de madera, observando a la gente pasar. Aquellos momentos de libertad, casi, conseguían que me olvidara de lo desgraciada que era. 

    Llegó un día en el que vi un joven chaval en el parque tocando una guitarra, según me dijo Sara. Mi fascinación no me dejó más remedio que acercarme a curiosear. 

    — ¿Te gusta mi guitarra? — Preguntó al verme encantada por su talento. 

    — ¡Sí! Me encanta. Tienes una agilidad en los dedos asombrosa. — De nada sirve decir que intenté contener mi entusiasmo, porque no fue así. Su nombre era Héctor. 

    Y al parecer al joven también le interesé porque, desde ese día, se unió a todos los paseos que daba con Sara, y a veces con Sergio. Hablamos y hablamos y él me enseñó toda clase de modas que seguía la gente de nuestra edad por esos tiempos. Como esa música rara llamada trap o esa pasión por el fútbol que a tanta gente enloquecía. 

    Luis me habló una vez del fútbol. Fue una noche que me desvelé y le pillé viéndolo en la televisión, que yo tenía terminantemente prohibido siquiera tocar. 

— ¿Tienes instagram?

— ¿Qué es istagra?

— ¿No sabes lo que es instagram? 

    Héctor muchas veces alucinaba cuando no conocía ciertas cosas, pero con absoluta calma y tranquilidad me lo explicaba hasta que lo entendía. 

— Oye, ¿y por qué te llamaron Tristana?

— En realidad, me llamo Alba, pero Luis siempre me llama así por no sé qué libro. 

Obviamente, no le contaba a nadie mi situación en casa. ¿Qué pasaría si alguien denunciaba los actos de Luis y me quedaba sin alguien que me amparase? Además de que me mirarían con vergüenza. Eso me decía él… 

Empezó a notar una alegría extra en mí, y por esa razón todos los días al cerrar la puerta me preguntaba qué había hecho exactamente por ahí fuera. Y yo no era erudita, pero tampoco una tonta ingenua. Así que me inventaba mentiras muy detalladas. Y, de hecho, disfrutaba creándolas minutos antes de entrar en casa. 

Respecto a Luis, ya no me tocaba tanto. Estaba demasiado cansado casi todo el rato, y para mí era un alivio. Como pasaba más rato durmiendo, yo aprovechaba para escabullirme y quedar con Héctor en la casa de su tía, que estaba a unas manzanas de la mía, donde me enseñaba a tocar la guitarra, me acompañaba en mis primeros viajes en metro, y me enseñaba su colección de discos dvd, que según él eran bastante anticuados, pero para mí eran todo un descubrimiento. Además, me dejaba sus libros. Me costaba un poco leer, pero me esforzaba. Lo único que Luis quería que leyera eran las recetas de un libro de cocina, de ahí que la mayor parte de mi vocabulario fueran ingredientes. 

Pero él me enseñó literatura de verdad, ficción y poesía. ¡Oh, cómo amaba la poesía! El primer poema que leí fue “La forma de querer tú” de Pedro Salinas, y me pareció una manera extraordinaria de usar el lenguaje. 

— ¡Eso es! ¡Has hecho tu primer acorde! Ese se llama Do. 

— Si es que al final te voy a superar. Como siga aprendiendo así de rápido quizá me pueda hacer famosa algún día, como ese tal Jimi Hendrix…

Llegó un día en que Héctor me dijo que su tía, que era viuda, quería irse a vivir a Asturias y, claro, su sobrino no deseaba abandonarla. Nos despedimos en el parque una tarde muy deprimente. En cuanto volví a casa, le rogué a Sara que me dejase su teléfono móvil de vez en cuando para hablar con Héctor. Y generosamente me dijo que sí. 

Durante meses nos contactamos por una aplicación llamada Whatsapp, aunque no era lo mismo que ver sus facciones y rozar su piel. Pero nos prometimos eterno e incondicional amor. 

Después de que él se fuera, dejé de tocar la guitarra, que me había dejado para mi amplio disfrute y aprendizaje, pero en cuanto la veía, me recordaba a Héctor y eso era algo que no me agradaba. 

Aún a veces salía a pasear con Sara, y muchas menos veces, salía sola y aunque me apeteciera coger el metro, no tenía dinero más que para comprar el pan. 

Un día, me levanté con mucha jaqueca y vomité en el baño. Aunque se lo dije a Luis, él aseguró que no sería nada, que descansase y se me pasaría. Claramente, se lo conté a Héctor, que en cambio, sí que se preocupó y me sugirió hablar con Sara. Lo dejé pasar por un día, pero la siguiente mañana también me encontraba mal y entonces mi vecina me llevó al hospital. Me hicieron varias pruebas, y al final de una larga espera me dijeron que tenía falta de hierro y que estaba embarazada. 

Sara, horrorizada, quiso saber si el hijo era de Héctor, pero en el fondo sabía que no lo era. Aquella tarde se lamentó durante horas en un banco del parque. Que si se lo tendría que haber dicho a la policía, que si tendría que haberse fiado de sus instintos, que si yo también se lo tendría que haber contado…  

Yo, la verdad, estaba muda. Y cansada, muy cansada de toda la situación con ese maldito hombre que no sólo me retenía de todas mis posibilidades de vida, si no que no me permitía apenas pizcas de libertad. 

Directamente fuimos a la policía aquella tarde. A Luis le metieron en la cárcel y a mí me mandaron a una casa de acogida y me llevaron a un psicólogo. También me preguntaron si quería abortar, pero, aunque la idea me la había metido en la cabeza mi opresor, no me parecía correcto quitar una vida, a pesar de que todo el mundo me decía lo contrario.

Al final, le dieron mi custodia a Sara, y agradecí mucho cuando me regaló mi propio teléfono. Así que con algo de miedo le conté a Héctor todo lo que estaba pasando. Y aunque al principio se quedó perplejo y triste por lo que había tenido que sufrir, durante unos meses me contactaba para ver cómo iba y se preocupaba, pero poco a poco fuimos perdiendo el contacto hasta limitarse a nada.

Durante aquellos meses, Sara contrató a varios profesores para que me enseñaran lengua y literatura, idiomas, y me compró pilas altísimas de libros que me leía encantada. 

Para cuando ya tenía una tripa inmensa, Sara me tenía que pasear por el parque en silla de ruedas. Porque desafortunadamente, mi cuerpo, que había estado mal alimentado por mucho tiempo, no tenía fuerzas para todo lo que el embarazo requería, y me caí varias veces. Sara no dejaba de rezar por mí, y me empezó a llevar a la iglesia todos los días a ver si Dios, en el que yo en realidad no creía, podía ayudarme a salir bien parada de aquella infortuna tan desagradable e impropia de alguien de mi edad.

Pero si es que realmente, había un dios ahí arriba que escuchase las plegarias de Sara; o no pudo o no quiso ayudarme, pues llegó el día en que el bebé quería salir de la tripa. A mí me faltaba mes y medio para salir de cuentas y apenas había empezado el tratamiento de nutrición urgente que el médico me había encomendado. 

Una ambulancia me recogió y me llevó al hospital donde me acompañaban Sara y Sergio. Y al parecer tanta prisa no tenía porque fue sólo una falsa alarma, pero igualmente decidieron ingresarme debido a mis terribles condiciones. 

    Dos días después apareció por la puerta una cara muy familiar y a la vez desconocida. Era Héctor, había vuelto a Madrid a estudiar y vino a visitarme. No pudo evitar derramar unas lágrimas al verme así. Me agarró de la mano y me susurró al oído: Tranquila, he vuelto, y no pienso volver a dejarte. 

    Y cumplió su promesa, porque durante la siguiente semana, no se separó de mí ni un instante. Me leía poemas y me tocaba canciones mientras mi salud parecía mejorar. Hasta que llegó el momento, y esta vez el de verdad, en que mi hijo nacería. 

    Llevaba ya no-sé-cuántas horas de parto y el maldito mequetrefe no quería salir de mí. Héctor me sujetaba la mano dándome ánimos y Sara al otro lado. Yo empujaba y empujaba, pero era en vano. Entonces la matrona me avisó de que había habido un desprendimiento prematuro de la placenta y que o salía ya o me tendrían que practicar cesárea. No fui capaz de hacerlo y tuve que ver cómo me cortaban el vientre con un escalpelo. Poco rato después pude ver a aquella pequeña criaturita llena de sangre y tejidos que, extrañamente, no me asquearon.

Y aunque estaba sudada, cansada y abierta en dos, no pude evitar sonreír al verle. Héctor, que había prometido ser su padre junto conmigo, me miraba con los ojos brillando, diciendo palabras inaudibles para mí. Y entonces me lo dieron. Lo sujeté en brazos durante unos segundos; los segundos más felices de mi vida. Aunque había sido fruto del peor periodo de mi existencia, esa vida iba a ser algo. Iba a vivir lo que yo no pude. 

Pero empecé a ver borroso y a sentirme desubicada. Aunque lo que sí pude ver fueron médicos corriendo por la sala, a Sara llevándose al bebé, espantada, y a Héctor con cara de pánico. Me estaba desangrando. Y los médicos hacían todo lo que podían, pero entonces lo vi. Había llegado mi momento, y la verdad es que después de todo lo que había vivido, prefería morir con una sonrisa en la cara que vivir sin alma en los ojos. 

                        FIN. 

«La muerte bella» de Juan Ramón Jiménez:

¿Que me vas a doler, muerte?

¿Es que no duele la vida?

¿Por qué he de ser más osado

para el vivir exterior

que para el hondo morir?

La tierra ¿qué es que no el aire?

¿Por qué nos ha de asfixiar,

por qué nos ha de cegar,

por qué nos ha de aplastar,

por qué nos ha de callar?

¿Por qué morir ha de ser

lo que decimos morir,

y vivir sólo vivir,

lo que callamos vivir?

¿Por qué el morir verdadero

(lo que callamos morir)

no ha de ser dulce y suave

como el vivir verdadero

(lo que decimos vivir)?

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